Hoy no es un gran día para escribir, pero tengo algo más de tiempo. Lo digo porque hoy he estado más desconectada de la exploración de mi consciencia, pasando un poco de todo, con la inercia que me dirige. Estas últimas semanas he intentado conectar lo que iba leyendo en el libro de Jodorowsky con mi día a día, tratando de ser más consciente, pero me ha resultado un poco duro. Duro por difícil y sobre todo por descubrirme y ver actitudes que no me gustan, que me avergüenzan y me sorprenden. La verdad es que me he sentido como un gusano, no en el sentido de que después de la metamorfosis aparezca una mariposa y tal y tal, sino como un animal rastrero (por cierto, qué poco me gustan los gusanos, sobre todo esos que se usan para pescar).
Ya casi estoy terminando con el libro y todavía no he descubierto cómo ser más consciente de lo que hago, no he encontrado la motivación que subyace a mis palabras y comportamientos, o quizás la he visto y me he asustado… no estoy segura. Voy de acá para allá y una cosa lleva a la otra y me pierdo en divagaciones sin profundizar realmente en nada. Tampoco sé cómo designar a lo que voy descubriendo, no puedo encuadrarlo dentro de nada conocido hasta ahora, no sé si son sentimientos, carencias, frustraciones, deseos… por lo que no puedo organizarme. No sé si es que soy tan “cuadriculada” que todo tiene que estar claro para poder seguir adelante. Me paso el día dudando, ya no sé qué está bien y qué está mal, o si bien y mal son sólo palabras que no dicen nada. Ni siquiera tengo claro qué es lo que estoy buscando.
En fin, supongo que algún día saldré de las catacumbas y espero ir encontrando indicios para poder ir conquistando esa consciencia.
Últimamente estoy leyendo en libro de “El maestro y las magas”, de Alejandro Jodorowsky (lo comentamos durante el curso), y parece que me he sugestionado un poco… esta tarde estábamos en casa de mi madre; mi hija se ha sentado en el suelo con las piernas cruzadas y le he dicho “me voy a sentar contigo y vamos a meditar”. Me ha preguntado que qué era meditar y le he dicho que pensar, intentar saber de dónde venimos, a dónde vamos… Ella lo ha tenido muy claro: “venimos de Marchamalo” (de casa). Como una hora después, me ha invitado ella a meditar; ha cerrado los ojos y me ha dicho; “¿en qué pensamos?”. Le he contestado que podemos pensar en por qué nacemos, por qué nos morimos… Y lo seguía teniendo claro: “Nacemos porque nacemos, para tomar leche de nuestra mamá y papillas”.
No sé por qué nos complicamos tanto la vida; es como que a medida que crecemos nos vamos pervirtiendo o algo así, la esencia se va quedando aletargada, suplantada por dar respuesta a las nuevas necesidades que se van creando. Cuando finalizó el curso, volví conduciendo más serena que de costumbre, el paisaje que contemplo todos los días al volver de Alcalá me parecía nuevo, tenía una luz diferente, había montañas y árboles en los que nunca me había fijado; venía pensando “soy una nueva Virginia” y quería llegar a casa y contarles que era otra persona, la misma pero diferente. Me propuse decir a mi pareja, mi madre y mi hija: “Hola, soy Virginia, encantada de conoceros.” Pero al llegar a la puerta me arrepentí; pensé que me iban a decir que si estaba tarada o algo así y que igual hasta se preocupaban, así que lo suavicé un poco; no me presenté pero les dije que ya no era la Virginia de antes. Mi madre me miraba; mi pareja leía el diploma que llevaba en las manos, a ver si ponía otro nombre; mi hija revoloteaba por el recibidor. Dentro de la emoción que sentía aquel día, les resumí como pude la semana que habíamos pasado, sabiendo que no llegarían a comprenderme del todo porque no habían estado allí, pero se harían una idea.
En muchos momentos conecto el libro de Alejandro con el curso del otro Alejandro (qué curioso, jajaja), especialmente la figura del maestro en los dos ámbitos y la transformación. Antes veía la transformación como intentar ser más puntual, estudiar más, trabajar más en casa, no olvidarme de regar las plantas, etc. Ahora la transformación es como más interior, más de conocer y dominar la inercia aprendida con la que me voy empujando cada día. Cuando intento describirlo me parece lo mismo pero lo siento diferente. No se trata de cambiar por fuera (los síntomas) sino de cambiar la forma de pensar, de hacer (lo que subyace). Bueno, creo que aún no puedo explicarlo.
Muchas veces me han dicho que soy muy perfeccionista y lo sé, me han educado así tanto en el colegio como en casa, “para hacerlo mal, no haberte molestado”. Hoy he leído que la perfección en el ser humano no existe, existe la excelencia, y he sentido que pasé la vida haciendo el tonto. Si la perfección no existe, ¿para qué perseguirla? Toda una vida queriendo ser perfecta, pintar un cuadro perfecto, ser la pareja perfecta y decepcionando a todo el mundo y a mí misma, vaya porvenir. La excelencia tiene connotaciones diferentes, se puede buscar porque se puede encontrar (qué obviedad, ja); quiero decir, que todos podemos tratar de hacer una tarea de forma excelente ya sea a través del esfuerzo, la experiencia, la actitud, etc.
También he leído fragmentos de Jorge Bucay (Cuentos para pensar) y hay algo que se me ha quedado grabado; si no recuerdo mal, dice que las cosas son como son, no como deberían ser, o como nos gustaría que fueran, como esperamos que sean, como fueron otras veces… Si hubiese sabido esto cuando nació mi hija (por ejemplo) no me habría preocupado por la diferencia entre las tomas de un día y otro, no me habría molestado que durmiera menos que el resto de los niños de su edad, y un largo etcétera.
Ahora me está siendo difícil integrar todo lo que aprendimos y lo que voy aprendiendo después y en algunos momentos me siento muy confusa. Cómo integrarlo en el trabajo, en casa, fuera de ese ambiente de “laboratorio” que habíamos creado. Echo de menos la ayuda de los compañeros y del maestro. Supongo que requiere mucha atención, concentración y esfuerzo así que no voy a tener las vacaciones de otros años…
Hoy ha sido un día intenso. Después del repaso a la actitud del chamán o sacerdote hemos pasado a la actitud del maestro. El caso es que sabía que quedaba otra actitud (según el nombre del curso, eran 5) pero no me imaginaba a qué arquetipo podría corresponder, quién podría trascender e integrar las cinco actitudes ¿como no fuese un dios? ¡Claro!, el Maestro (y no con la concepción que yo tenía de maestro, por cierto). La “lección” de hoy ha dado un nuevo significado a todo lo vivido durante el curso.
Llegó el momento de desprenderse de nuestro útil, producto, bien, tótem… y ninguno lo esperábamos (y menos yo). El objeto que habíamos construido, vendido, defendido y sacralizado tenía que entregarse. Supongo que fue difícil para todos, pero yo ya lo había hecho el día anterior durante el ritual, y me había quedado con una pequeña pieza, un feto humano (había construido dos) que simbolizaba el germen del cambio, que había surgido a través de las relaciones con todos mis compañeros, de los que me había nutrido durante todos estos días. Tuve como un choque emocional, nunca me había sentido así, con una mezcla de ansiedad, incredulidad, rabia… tuve que salir a intentar tranquilizarme, pero me sentía incapaz, parecía que mi corazón se iba a disparar en cualquier momento, me temblaban las manos… Ese pequeño feto iba a acompañarme durante una nueva andadura, iba a estar ahí conmigo y tenía que entregarlo.
Desde el primer momento pensé en Juanjo, aunque alguien que también me ha marcado ha sido Julián (y se me llegó a pasar por la cabeza tomar una decisión salomónica). Con Juanjo estaba equivocada; pensaba que intentaba estar por encima de todos, con su forma de hablar tan racional, tan elevada, tan poco mundana. Sin embargo, este curso me ha dado la oportunidad de conocerle y apreciar su interés por aprender, por desentrañar los procesos que se llevan a cabo en la mente, su humildad. Me ha parecido un niño chico, en el sentido de su curiosidad ilimitada. Julián ha sido un referente, la persona que más me ha ayudado o facilitado el aprendizaje. Me ha encantado conocerle. (Más adelante, buscaré un momento para hablar del resto, nadie me ha dejado impasible).
Siguiendo con “mi momento emotivo” estuve en las escaleras durante un tiempo, intentando encajar el golpe. No recuerdo todo lo que se me pasó por la cabeza, pero nada me ayudaba a estar mejor. Sólo pensé “tengo que calmarme y hacerlo”. Fui al baño, me limpié los mocos (jajaja, qué cuadro) y regresé al aula. Le entregué a Juanjo mi “hijo” y le dije que ya se lo explicaría. Me senté en una mesa y traté de pasar desapercibida. También me di cuenta de que no había vivido el momento de entrega de los demás y me sentí egoísta (lo que me faltaba).
Salimos al patio. Le pedí por favor a Esther que me acompañara (es la persona con la que tengo un vínculo afectivo más grande –y Almudena no estaba). Después de varios abrazos, surgió la necesidad de salir en busca de los demás. ¡Qué momentazo! Todos conmovidos, abrazándonos, en fin, impensable el primer día de curso (no hay una segunda intención, ja, sólo es que cada uno de su padre y de su madre…, pues como que no había mucha afiliación).
Nos sentamos en el césped y empezó a llover…
Tuvimos que entrar a la facultad y seguimos con los abrazos. Hablé con Petra, Inma y Lucía, comentándoles que no podía salir de mi emoción, que no sabía cómo superarla. Petra me dijo que hablara con Alejandro y claro, qué iba a hacer, ¿decirle que necesito terapia urgente? El caso es que hubiera pasado a hablar con él, pero sabía que me iba a desmoronar. En menos de cinco minutos pasó por allí y se lo dije. La respuesta de El Maestro fue corta: “Pues sal”. Fue como una iluminación (perdonadme, pero yo es que me sugestiono y lo flipo un poco).
Entré en el aula y visualicé dos zonas: la emoción y la superación de esa emoción. No cerré los ojos pues ya había gente en clase y me daba palo, pero no fue necesario. Di el paso de la primera zona a la segunda y esa emoción insuperable quedó atrás. Seguimos la clase intercambiando impresiones.
Más adelante estuvimos explorando la actitud del Maestro, cómo supera los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego) y construye una nueva realidad.
Salimos al jardín para explorar esta actitud. Mi equipo (Esther y Julián) fue esencial; sin ellos no lo habría logrado. Partí de una experiencia vital y mis “facilitadores particulares” me ayudaron a encauzar un poco esa experiencia. En realidad el punto de partida estaba situado en la infancia y llegaba hasta la adolescencia, pero pudimos ir concretando un poco más. Pasé por la experiencia desde las cuatro actitudes primeras, atendiendo a distintos elementos en cada una de ellas y les hacía una especie de resumen de lo observado.
Cuando llegué a la actitud del maestro y me paré a observar desde ahí tuve una respuesta inmediata. Increíble: todas las atribuciones que había hecho durante mi vida sobre esa experiencia inicial se resumían en una frase: era una adolescente y tenía que explorar.
Era la primera vez que tenía sentido para mí la línea del tiempo; lo había intentado varias veces sin éxito y ahora por fin lo había conseguido.
Después de una última puesta en común tuvo lugar la entrega de diplomas que también resultó muy emotiva. Era como decir: “Venga chicos, ya estáis preparados para salir al mundo, lo pone aquí”.
La despedida en la puerta de la facultad fue un poco más dura por los vínculos que se han creado durante estos días. Yo todavía estaba inundada por la alegría que me había provocado mi logro y me sentía bastante bien pero había caras tristes… Nos despedimos como te despides de un hermano, deseándole lo mejor y esperando volver a verle.
[Según cuenta Jim Morrison, cuando tenía 4 años, viajaba con sus padres y pasaron junto a un vehículo accidentado y alrededor varios indígenas muertos y el espíritu de un chamán indio atravesó su cuerpo, y se convirtió en un ser distinto.
El nombre de Mr. Mojo Rissin con el que se hacía llamar, correspondía a un anagrama formado con las letras de su nombre Jim Morrison. Siendo la palabra Mojo un término religioso que describe al chamán.]
Jueves, 1 de julio 2010
Hoy la figura del chamán nos ha poseído a todos. La mañana ha sido un bombardeo de sensaciones y conexiones, durante todas las actividades. Lástima que por la tarde se ha perdido un poco ese espíritu, no sé si por falta de concentración o por cansancio (o que lo uno lleva a lo otro).
Después de los grupos de revisión sobre la actitud del guerrero del día anterior hemos hablado del arquetipo del sacerdote, del chamán.
Hemos establecido relaciones como la conexión con la naturaleza, la trascendencia de lo material, lo emocional y lo raciona, la espiritualidad, la evolución del grupo, el liderazgo del chamán que nos atrapa y nos relaja y sobre todo la enseñanza a través de la metáfora.
LA PREPARACIÓN DEL RITUAL.
Mi tótem representaba las relaciones desde el primer momento por lo que no me ha resultado difícil creer en su significado. He intentado concentrarme en el objeto, en lo que hemos vivido, en las conexiones interpersonales, en el significado que trascendía a todas las experiencias y en cómo representarlo de forma espiritual.
He sentido la limitación de que los rituales que tengo más a mano son los que he vivido de forma consciente como rituales, es decir, los celebrados por la iglesia católica. Pero más adelante me ha parecido que eso era una ventaja, pues estaba familiarizada con ciertos elementos como el sacrificio, y podía utilizarlos en mi rito.
Por ejemplo, la canción de “juntos como hermanos miembros de una secta vamos caminando al encuentro del chamán” ya estaba creada (a veces se me ocurría cantarla en las procesiones en el pueblo, qué patética), y podía utilizarla. La música es un elemento presente en muchos rituales, relaciona a los presentes entre ellos y con el tótem y creo que puede funcionar como base preparatoria, separación de un contexto y el siguiente. El dilema es que sabía que en el curso había por lo menos una persona creyente y podría ser una falta de respeto, una burla a sus creencias. Gracias que Esther lo ha relacionado con la historia del discípulo que ve al maestro tirando piedras a los ciervos y le “crucifica” sin saber que los estaba ahuyentando de unos cazadores: el problema no está en el maestro sino en la lectura del discípulo.
Después he pensado en sacrificar mi útil, como “el cuerpo de Cristo” (amén), pues las relaciones están vivas, y cada elemento seguirá su camino. Creo que esta parte sería la principal, la que dotara de significado al resto de los actos. Ya no me haría falta un objeto porque ahora conozco el significado, está interiorizado, la materia es efímera pero el significado se conserva con el paso del tiempo.
LA CELEBRACIÓN DEL RITUAL
Desde el primer ritual hasta el último hubo muchos matices y cambios de actitud de todos. Yo tenía claro cómo quería desarrollarlo pero se apoderó de mí el “miedo escénico”. ¿Cómo iba a ponerme a cantar allí, con toda la atención centrada en mí? Unas veces me decía “no puedo hacerlo, me muero de vergüenza”; otras me reafirmaba en mi ritual, era así, lo había ideado con un significado y creía en él. Luego volvía a pensar que no pasaba nada por omitir el canto; después me daba cuenta de que eliminaba una parte fundamental. La música en los rituales ayuda a trascender de lo material y eso es lo que pretendía. Después de varios intentos de salir a celebrar el ritual y quedarme petrificada, me decidí, y lo hice como había pensado: tenía que ser así.
Me sentí algo nerviosa por la incertidumbre de lo que podría pasar, por cómo reaccionarían los seguidores y por cómo reaccionaría yo a esa reacción (qué barbaridad!!!).Pero la sensación predominante es que estaba a gusto, que estaba ofreciendo algo, que estaba haciendo a todos partícipes del acto, de mí. Me quedé con una pieza…
Creo que estaba como en casa en la piel del sacerdote, como reconfortada. Es posible que tenga bastante abandonada (o banalizada) esa faceta de mi vida y supusiera una especie de reencuentro.
Cuando he revivido en casa la experiencia de mi ritual, he caído en la cuenta de algo más: he dado algo de mí a cada uno, representado igualmente por las figuras de barro. Cada figura es diferente porque la relación con cada uno ha sido diferente. Esta relación la posibilita la dinámica de las clases, los grupos en los que acabas coincidiendo con todos y cada uno de los allí presentes. También es muy diferente la aportación que he recibido de cada uno y que agradezco a todos. Si no hubiese sido por su ayuda no estaría en este punto.
Me quedé enganchada a esta imagen del chamán. Parece que te está diciendo: Supera la evidencia para llegar a la verdad.
Siguiendo con el post anterior, hoy hemos estado explorando desde la actitud del guerrero en el curso de verano. Hemos destacado ciertas cualidades, como una dosis de energía preparada para actuar en un momento decisivo, una situación de alerta (pero relajada) ante el peligro, concentración focalizando la acción, estrategia, un ataque sin ira destinado a realizar la función que tiene encomendada, el hecho de vencer elegantemente sin recurrir a trucos, no abandonar el desempeño de la tarea, perfección… En plan resumen, me quedo con la frase de Julián en el grupo de la tarde: “Puño de hierro, velo de seda”. Representa esta actitud, firme pero llevada a cabo con suavidad. Aunque no me siento identificada en gran parte de las características, me he sentido bien dentro del guerrero. De cierta manera, me recuerda a mi animal fetiche, el gato.
No sé si después del subidón inevitablemente viene la caída (en el ámbito emocional). Por unos momentos me ha entrado un agobio y una incomodidad con todo… como si la situación me superase. Espero que simplemente sea producto del cansancio, pero creo que tiene una gran influencia lo que vivo cada día, como si activase determinadas emociones, centrarse la atención en distintos aspectos o fomentase una actitud diferente; mimetizarse con el ambiente. El caso es que esa actitud del guerrero, con la que he empatizado bastante después de meterme en el “papel”, ha despertado una actitud crítica, más bien auto crítica.
Por un lado, esta influencia que parece inevitable no me gusta en absoluto. Me parece una manipulación, algo que escapa a mi control.
Por otro, puede que sea el conflicto que algún día motive una indagación y un cambio. No sé, me falta esa capacidad de profundizar del guerrero, la tenacidad. Me quedo en la introducción y no soy capaz de pasar de ahí. Siempre con la excusa del tiempo, de la sobrecarga de tareas, de la culpabilidad por no atender como debería a los que me rodean…
También puede ser que se haya quedado como “en corriente” en alguna parte de la cabeza el tema del modelado formal, la actividad que hemos hecho a última hora, en la que he visto más o menos desde fuera cómo actúo y no me ha gustado o no era lo que esperaba de mí. Me he dado cuenta de cómo he podido arrastrar a los demás para la consecución de un fin particular, y ahora no me parece justo, quien ha manipulado he sido yo.
Estoy expectante por la actitud de mañana. Yo apuesto por el chamán, el sanador, el sabio, algo más espiritual, pero cualquier cosa puede pasar.
Hace unos días vi un programa en el que un ingeniero informático de Valencia y su mujer, que trabajaba en un despacho de abogados, dejaban su piso en la ciudad para ir a vivir a un pueblo de Teruel. Comentaban las diferencias entre la vida que llevaban antes y la que llevan ahora y desde luego que estaban contentos; aunque ganaban mucho menos dinero, no les hacía falta más, hacían mermelada casera, cortaban leña para calentar su casa, no les importaba estar media hora hablando en la calle con un vecino y, lo más interesante para mí, ya no llevaban reloj.
Son un claro ejemplo de cómo una vida sencilla puede ser muy gratificante; en el momento en que los vi, entendí lo que nos complicábamos la vida intentando continuamente rizar el rizo, creando necesidades nuevas que abastecer, buscando la sofisticación, darle demasiada importancia a la apariencia y olvidarnos de la esencia de las cosas. En realidad, ¿qué es lo que necesitamos para vivir? Según Maslow (el único autor que conozco que haya hablado del tema) nuestras necesidades son fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento y de autorrealización (he tenido que refrescarme la memoria con la wikipedia, jeje). El dilema es qué consideramos cada uno reconocimiento o cómo nos sentimos autorrealizados (por ejemplo).
Supongo que es una cuestión cultural, marcada por la sociedad de consumo, esa que nuestros abuelos no entienden: “Ay hija, cómo vas a tirar esa falda, si está nueva…” Me pregunto, si en otras culturas el adorno en la apariencia responde a una necesidad de reconocimiento, o es la evolución humana a la caracterización natural según los sexos, o conlleva una afiliación con el grupo. Lo que creo que tengo más claro es, por lo menos en nuestra cultura, que las formas han ganado la importancia que ha perdido el fondo, que llega un momento en que da igual lo que se venda mientras que el envase sea atractivo.
Hoy he recordado todo esto durante el primer día del curso de verano de aprendizaje transformacional, pero no ha sido hasta el final de la tarde cuando he sido consciente de cómo esta sobrevaloración del “envase” está tan presente en nuestro día a día, en las decisiones que tomamos, en nuestro comportamiento, en nuestras prioridades y en lo que transmitimos. Hemos estudiado la actitud del artesano/agricultor, la sencillez de sus actos. El lenguaje directo y concreto, lo obvio, que tantas veces pasamos por alto. Hemos podido verlo en un fragmento de no sé qué película; creo que la cuestión era, más o menos: “el que consiga hacer eco en este barranco es el ganador”. En un valle lleno de personas, tocaban y cantaban por separado tres paisanos. El tercero, que conseguía la reverberación de la que hablaban al principio, se lleva el cordero. Y ya está. No había luces de colores, ni aclamaciones del público, nadie llamaba la atención, no había que darle emoción extra, no se creaba más expectativa que la que había, vamos, igualito que operación triunfo.
En fin, que está bien que alguien nos ponga los pies en el suelo de vez en cuando, y está mejor que seamos capaces de tener presente que en el fondo está la esencia y que el adorno es eso, un adorno.